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Ángel Augier, escritor
Por Yuris Nórido
Hay mucho viento, y mucho mar, y mucha luz en la poesía de Ángel Augier (1910-2010). Fascinación ante la serena belleza de las cosas (Había un pueblo de luces en el agua tranquila), nostalgia del silencio (No hagas ruido, a ver,/ si no se va la tarde), arrobamiento ante la fuerza de la naturaleza (Se ha caído al suelo el Mar. Difícil recogerlo, alzarlo, ayudarle. La masa espesa se mece y se deshace en espuma, en olas), exaltación de la tierra natal (Cuba, flotante línea suspendida en la punta del agua sin sosiego), homenaje al amor sensual, subyugante (Sigo, Amor, con mi júbilo sin bridas por/ senderos de mieles tu carrera)…
Fue poeta de cuidadísimas formas, de delicado y diáfano aliento, de melódicas inflexiones. No se regodeó en estériles rompimientos: lucía a gusto cultivando una tradición poética de siglos. Sus versos parecen nacidos de la paz, aguas de un caudal sosegado, sin obstáculos.
Pero en Augier, como en otros grandes, no encuentra resonancia la tan manida y prejuiciosa idea de que creación y compromiso social son excluyentes.
Investigador, periodista, académico, dirigente y promotor cultural, Héroe del Trabajo de la República de Cuba, era uno de los pilares de nuestras letras, actor y cronista privilegiado del devenir de la cultura cubana en un siglo convulso, pletórico de rupturas y nacimientos. Encarnó la imagen del escritor sereno, confiado, mas no envanecido por su talento. Quizás ese retraimiento haya sido la causa de que su reconocimiento público, más allá de los premios y distinciones institucionales, estuviera muchas veces por debajo de su estatura intelectual. Porque hay que decirlo: ante la noticia de su muerte, no podemos evitar sentirnos en deuda. |