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  La Habana, 10 Sep 2010, 09:30  
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ESCENARIO: Plácido ESCENARIO: Plácido 


Por Yuris Nórido

Ese regusto por lo teatral del teatro de Tony Díaz (y que valga la redundancia) marca su más reciente propuesta, Plácido, de la misma forma que marcó otro muy exitoso espectáculo suyo de hace algunos años: Escándalo en la trapa. Aquí y allá asistimos a un regodeo en el rito de la representación, a una evidente voluntad de explicitar su potencial expresivo. Con mayor o menor énfasis, los espectáculos de Tony Díaz devienen tributo al teatro desde el teatro mismo. En Plácido, quizás más que en otras obras, el director se ocupa de que cada elemento de la puesta en escena aporte su buena dosis de significación a la historia. Vestuario, escenografía (que aquí, de cierto modo, pierden sus límites en interesante simbiosis), banda sonora, iluminación, coreografía… no son simple marco, contexto, paisaje. En Plácido todo tiende a lo metafórico. Y el director no pretende disimularlo.

Plácido –el que precisamente devela al espectador los presupuestos de la puesta- descansa plenamente en esa vocación: la fiesta de la alta sociedad a la que es invitado el protagonista es una especie de retablo; los asistentes remedan títeres, marionetas, como para remarcar la caricaturesca y maniquea previsibilidad de sus procederes.

Pero a medida que la historia avanza, resulta que tanta grandilocuencia escénica, más que redondear el texto de Gerardo Fulleda León, lo emula. Esta circunstancia se hace más notable en los momentos de marcado dramatismo, en los que la puesta puede llegar a ser excesivamente declamatoria.

Mejor logradas están las escenas hilarantes (como en buena parte de la producción de Fulleda, en Plácido lo dramático contrapuntea constantemente con lo cómico, algo que Tony Díaz remarca con buena fortuna). Ahí resulta más orgánica la relación del entramado escénico con lo que se dice y hace, quizás porque la farsa asimila mejor el subrayado.


"EN PLÁCIDO, QUIZÁS MÁS QUE EN OTRAS OBRAS, TONY DÍAZ SE OCUPA DE QUE CADA ELEMENTO DE LA PUESTA EN ESCENA APORTE UNA BUENA DOSIS DE SIGNIFICACIÓN A LA HISTORIA"


La maratónica sucesión de escenas exige del espectáculo una agilidad y un contraste que en definitiva se consigue, aunque luzcan accidentadas, casi siempre por la entrada o salida de elementos escenográficos, algunas transiciones.

Tony Díaz asume una vez más elementos del musical e intenta que las canciones y la danza no sean simple divertimento, que se inserten en la trama como elemento de progresión. En ocasiones lo logra; en otras, lejos de contribuir a la fluidez de la puesta, la fragmenta: la coreografía con que concluye el primer acto es un ejemplo.

Aquí es necesario apuntar algo que a no pocos quizás suene mezquino: es más que plausible el compromiso de Mefisto Teatro con el género musical, pero también es notable la insuficiente capacidad de parte del elenco para defenderlo. No significa que el nivel actoral se resienta: aquí somos testigos de buenos desempeños: Hedy Villegas, Yaite Ruiz, Vitica Sobrino… Y Enrique Estevez, en el papel de Plácido, más allá de algún altibajo. En sentido general el conjunto está bien balanceado.

Plácido hay que destacar esa apuesta por la espectacularidad, por la brillantez y el gran formato, en un panorama escénico en el que abundan propuestas más intimistas. Es la impronta de Mefisto Teatro, hoy por hoy, una de las más pujantes compañías de la Isla.

Plácido y sus circunstancias

Llevar a escena un itinerario tan arduo como el del poeta Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, marcado por la polémica y el misterio, entraña muchos retos, pero también una singular tentación. Gerardo Fulleda León, más que explorar en la lucha interna del personaje, se centra en su relación con el contexto, con el entorno hostil que lo condiciona. No presta demasiada atención a sus valores literarios, o a las particularidades del oscuro proceso judicial al que fue sometido… Lo que interesa a Fulleda es el diálogo de Plácido con sus circunstancias, para armar así una metáfora de la impotencia del individuo –solo, débil, pequeño- ante la ignominia institucionalizada.

 
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